¿Tu agresor o tu verdugo?

Por: Joel Victorino
El síndrome al que te refieres se conoce como Síndrome de Estocolmo. Se caracteriza por el desarrollo de sentimientos de afecto, empatía o lealtad de una víctima hacia su captor. Este fenómeno psicológico se observa cuando la víctima establece un vínculo emocional con quien la retiene, a menudo justificando o incluso admirando su comportamiento.
El término “Síndrome de Estocolmo” se originó en 1973, a raíz de un incidente en Estocolmo, Suecia, donde un asaltante de banco tomó rehenes. Tras varios días de cautiverio, estos desarrollaron una relación de simpatía con él, según fuentes como SciELO España y diversos estudios de psicología.
Aunque no está reconocido como un diagnóstico clínico oficial, el síndrome describe un patrón de comportamiento observado en algunas situaciones de cautiverio. Las personas afectadas pueden mostrar:
- Sentimientos positivos hacia el secuestrador.
- Justificación de las acciones del secuestrador.
- Dificultad para cooperar con las autoridades.
- Sentimientos de lealtad hacia el secuestrador.
Este fenómeno no se limita únicamente a situaciones de secuestro; también puede manifestarse en relaciones abusivas, donde la víctima desarrolla una dependencia emocional hacia su agresor.
Cuando el verdugo es la pareja
En estos tiempos tan convulsos y que parecen inverosímiles, este “síndrome” se manifiesta en muchas relaciones donde las personas viven con su maltratador. Son sobrevivientes del abuso —no me gusta llamarlas víctimas, porque para mí las víctimas no sobreviven— que llevan años justificando a su agresor. Se han enamorado de él, han poetizado su violencia.
A mi modo de ver, su indefensión no les permite ver más allá de lo obvio: su situación de caos y encierro, más psicológico que físico. Es tal el poder del agresor sobre su pareja, que esa persona termina defendiéndolo ante otros, incluso cuando quienes los rodean intentan darles una voz de alerta.
El jefe tóxico: otra forma de agresión
Otro caso que no pretendo soslayar es el que ocurre en algunas empresas. Ese “jefe” que ostenta el poder de poner y quitar a su antojo. Cuando él ordena, no se puede disentir, ni siquiera por curiosidad. Vive en su vacío existencial, y su falta de autoestima es tan grande que percibe cualquier idea diferente como una insurrección o un posible “golpe de Estado gerencial”.
Los subordinados, en lugar de resistirse, terminan adulándolo mientras dura su administración. Sin embargo, una vez que este líder se marcha, los ojos se abren. Surgen conversaciones del tipo: “¿Qué me pasó?”, “¿Cómo no me di cuenta?”. Es entonces cuando aflora la conciencia plena de haber estado sometido a una relación de poder desequilibrada y dañina.
Reflexión final
El Síndrome de Estocolmo puede reproducirse en distintos ámbitos: en lo íntimo, lo laboral y lo social. Por eso, es fundamental estar atentos a cómo se manifiesta, dónde y en quién. Solo con conciencia y educación emocional podremos romper con estos vínculos dañinos que se camuflan bajo la sombra del amor, la admiración o la obediencia.
El autor es psicólogo y magíster en Psicología Clínica.
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