Juan José Feliz: Estemos cerca del manto de Jesús

In Opiniones
octubre 17, 2016
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Uno de los pasajes bíblicos que más llama mi atención, se encuentra en el libro del evangelio según San Marcos, capítulo 5, versículos del 25 al 43, inclusive. Allí se narran dos historias. La primera refiere una mujer que padecía por un período de 12 años de una terrible enfermedad conocida como flujo de sangre, lo que hoy se conocer como “metrorragia crónica”. Esta mujer era despreciada, pues según la ley de Moisés, su condición era de inmunda. Así lo indica el segundo libro del Pentateuco: Levítico, capítulo 15, versículos 25 y 27. Imagino que esta mujer era solitaria y triste, por obligación, no por decisión. Imagino que su familia, sus amigos y todo el que le conocía, la había abandonado.

Había gastado todo su dinero en médicos y en curanderos, sin poder lograr salir de aquella situación que doce años antes, le cambió la vida. Y más aun, es el mismo texto que nos dice que en vez de mejorar su situación, le iba peor y peor mientras más médicos y curanderos visitaba. Imagino las veces que le ofrecían esperanza de que alguien pudiera curarla. En fin, el sufrimiento de esta mujer es indescriptible, al menos que quien lo intente describir lo haya vivido.

En los mismos textos vemos otra historia: Jairo un Oficial de la Sinagoga, de prisa y angustiado se postra frente a Jesús pidiéndole que fuese a su casa pues su hija de doce años de edad, padecía de una enfermedad, la cual la tenía en un estado de agonía, y estaba a punto de morir.

Como dijimos anteriormente, Jairo era un Oficial de la Sinagoga, y en el momento en que ocurre este episodio, las sinagogas estaban prácticamente cerradas para Jesús. La última vez que Jesús había estado en la sinagoga de Capernaum, los fariseos se unieron a los herodianos con la finalidad de matarlo, porque en un día de reposo este había sanado a un hombre que tenía una mano seca. Así lo vemos en el evangelio según San Marcos, capítulo 3, versículos del 1 al 6, inclusive. Quizá

Jairo pertenecía a esa misma Sinagoga, cosa que no podemos confirmar, sino más bien imaginar.

Entre estas dos historias existen ciertas similitudes que nos resulta interesante destacar. La primera es que la mujer llevaba 12 años sufriendo de la ya indicada enfermedad, y era ésta la misma edad que tenía la hija de Jairo, es decir 12 años. La segunda similitud es que Jairo fue de rodillas donde Jesús, y la mujer aunque no fue de la misma forma que Jairo, sí terminó de rodillas ante Jesús. Y la tercera similitud es que ambos fueron donde Jesús ya como último recurso, y es la parte que más nos resulta importante destacar en este escrito.

Esta mujer está herida, desdichada, andaba sola por la vida. Ahí es cuando encuentra a alguien que puede hacer algo por ella, o que le puede decir qué hacer. Ella al igual que Jairo, al final supo donde ir. A veces no necesitamos respuestas, sino saber dónde ir, y ellos supieron donde ir. Fueron donde Jesús, fueron donde quien los pudo salvar. Ella tocó el manto de Jesús. Y quizá lo hizo de manera supersticiosa, pues muchos hebreos en aquel tiempo creían que cuando alguien estaba siendo usado por Dios, bastaba con tocar el manto de ése. No importa la forma en la que Jairo y que esta mujer vinieron a Jesús, lo importante es que fueron a él y este los recibió. Rompieron el miedo, rompieron el silencio, y ella siendo inmunda se abrió paso ante la multitud, tocó su manto y fue sanada.

Quizá su fe no era la mejor, pero era genuina, era real, era verdadera. Pero no bastó pedir de lejos, sino que tuvo que acercarse a Jesús, fue de cerca y no de lejos que esta mujer fue sanada de aquella terrible enfermedad. Así mismo Jairo, se abrió paso y su hija fue resucitada.

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